Relato en primicia extraído del libro "Duero, el gran terroir" de Enzo Milo

Pago de Carraovejas

*Templo de excelencia

Desde 1991

Soñadores sin miedo ni complejos, con conocimiento y recursos, sin nada a lo que subordinarse, salvo la responsabilidad de producir lo mejor para satisfacción de todos. En el valle del arroyo Botijas, frente al majestuoso castillo de Peñafiel, una finca de recreo, que alumbraba un buen vino, inspiró el nacimiento. La inteligencia del grupo, su tesón incombustible y no poco tiempo ponían el resto. El proyecto y la ejecución eran de ‘10’, y hacían fraguar el éxito fulgurante, más tarde rotundo, del hoy, uno de los grandes del vino español: Pago de Carraovejas.

* Relato, en primicia, perteneciente al libro 'Duero, el gran terroir' de Enzo Milo, que inaugurará la colección Ríos del vino.

Todo nace en un paisaje. El del arroyo Botijas es el de un personaje histórico: El Empecinado. Un valle recogido de quejigos, majuelos, pinos, pastos y colmenas. De almendros y viñas en las laderas; de frutales, huertas y molinos en la ribera. Collalbas, colirrojos y halcones lo sobrevuelan desde Las Madres, en Cuevas de Provanco, su cabecera. Pasa por Castrillo donde se empecina y, de ahí, a Olmos y Mélida, hasta acabar en el Duero, en Peñafiel. Liderados por el hostelero José María Ruiz, con el saber hacer del prestigioso enólogo Tomás Postigo y haciendo suyas la fe, el orgullo y la valentía de Juan Martín Díez, en 1987, cinco segovianos, amantes del vino, inician su gran sueño: una bodega en la que tradición y vanguardia se unen para crear memoria.

José María, de la cocina a la sala, en la gastronomía y la restauración había labrado su trayectoria. Atraído por la sumillería, en 1972 representa a España y obtiene la medalla de bronce en el I Concurso Mundial de Sumilleres celebrado en Milán. Desde entonces, como maestro internacional copero, su ilusión es doble: restaurante con vino propio. Hoy, doble, la satisfacción. En 1982 funda José María y desde 1991 Pago de Carraovejas es su vino.

En el camino de Carraovejas, a tres kilómetros del Duero, la ladera de la solana del valle del Botijas parece un enclave ideal. No solo por su situación en la histórica y de nuevo emergente Ribera del Duero, a una sola hora en coche de Segovia, sino también por un microclima que procura sanidad a la viña. Al efecto ‘dulcificador’ de la proximidad del río, se suma la protección del cerro del castillo sobre el viento del Norte y el consiguiente riesgo de granizo. Al tiempo, recibe el más cálido y dominante del Oeste. Carraovejas es un buen maduradero de uvas. Y, aunque solo dos hectáreas, custodiadas por el médico de la Villa, dan testimonio de su bondad, antaño esta ladera era una alfombra de vides.

Las expectativas son refrendadas, el pago es propicio. Tanto la elevada altitud media, superior a los 850 metros sobre el nivel del mar, que conlleva oscilaciones fuertes de temperatura, como la variedad en cotas, pendientes y suelos de los terruños confieren diferenciación a las uvas y complejidad al vino. Tienen la elegancia de las calizas de las laderas del valle, el cuerpo de las arcillas de las zonas bajas o la finura de las arenas y la hondura del páramo: los primeros ‘Pago de Carraovejas’ ya brillan en la Ribera.

El viñedo sigue una hoja de ruta maestra de crecimiento gradual. De las 25 hectáreas que alumbran la añada inaugural de 1991 hasta las 220 actuales. De Tempranillo la mayoría, y Cabernet Sauvignon y Merlot para consumar un coupage célebre. El diálogo con el paisaje define la viticultura y los vinos. Las terrazas de El Anejón dan la bienvenida al valle. Sus casi 9’5 hectáreas de vides en espalderas orientadas al Suroeste, en estrechos bancales sobre un suelo franco-arenoso compacto con un 25% de carbonato cálcico, otorgan mineralidad a un vino homónimo. El Cuesta de las Liebres, por su parte, nace en una ladera empinada de apenas 3’36 hectáreas. Plantada en 1993 de Tempranillo, en vasos verticales sobre margas con afloramientos salinos, rebosa energía, misterio.

La búsqueda de singularidad es constante. Ser genuinos lo exige todo. El afán de exploración y el respeto por su profesión les lleva a profundizar en el conocimiento de los suelos y a una viticultura ecológica de precisión, asistida por las últimas tecnologías y adaptada a la orografía y al suelo de cada paraje o parcela. Tradicional en la solana del valle y en el páramo, de tipo de montaña en las laderas altas o más innovadora en Espantalobos, la cara fresca y arcillosa del valle, frente a la bodega, donde experimentan el vaso ‘echalas’, propio del Ródano. La máxima selección con un exhaustivo control, unido a un estímulo continuo de la biodiversidad, son algunas de las premisas que les ayudan a vislumbrar lo que la naturaleza puede llegar a dar. Aquí lo singular es bueno y lo mejor, algo natural.

La bodega, fruto de un concurso de ideas, se culmina de manera espléndida gracias al proyecto firmado por el estudio de arquitectura a+4 y la ingeniería Agroindus. Utiliza magistralmente la topografía permitiendo la elaboración ‘por gravedad’. Las uvas se reciben en el nivel superior en cámaras frigoríficas con objeto de preservar su potencial aromático. Las fermentaciones se llevan a cabo en 64 depósitos de acero inoxidable de 25.000 litros, en 12 tinas de roble de 12.500 litros y en un Ovum o huevo de madera de 2.000 litros en el nivel intermedio. Por último, en el inferior, la crianza. En más de 3.000 barricas de roble francés y americano de tonelerías de renombre permanecen entre 12 y 24 meses. Tras el clarificado con clara de huevo, entre 6 y 24 meses más en el botellero.

Los resultados acompañan, naturaleza no falta, tecnología tampoco: más de 100 unidades de suelo de manejo diferenciado y de 26.000 metros cuadrados de instalaciones en permanente renovación les permite estar en vanguardia con un equipamiento avanzado para el control de cada proceso. La estética del conjunto de edificios y los espacios interiores y al aire libre, en los que se juega con los materiales, la luz y el color, logran la complicidad del trabajador y del visitante. Hormigón blanco y aluminio en lo industrial, de rojo vino y roble, cómo no, para dar calidez a lo que no lo es, dentro de una bodega que ahorra energía con cubiertas ecológicas, cortinas solares externas ajustables, gruesos muros, láminas de agua y techos ventilados, y que a través de sus patios, terrazas y otras aberturas nos desvela los secretos de la excelencia en el vino.

El quehacer lo dirige de forma admirable, desde 2007, Pedro Ruiz Aragoneses. Nada le es ajeno a este psicólogo de formación, que agradece, acoge y abriga ideas y proyectos. Lo integra todo. Así, ‘la colmena’ suma talento, crea sinergias, multiplica acciones, resultados, procura felicidad. Pedro es un buen líder porque elige bien la misión, mas sobre todo, porque hace el camino feliz a un equipo de más de 150 personas. El compromiso le obliga a innovar. En las personas pone el foco y toma, como senda, la de la sostenibilidad. La apuesta innegociable en campo y bodega por la investigación, el desarrollo y la innovación enológica la coordinan Almudena Calvo y Elena Rivilla. Quieren escrutar sus dominios y definen planes, programas y protocolos que incrementan el valor añadido de los vinos.

En la viña parten de un clon propio de Tempranillo: el Carraovejas. Produce racimos sueltos de uvas pequeñas con un rendimiento medio de unos 3.500 kilos por hectárea. Alcanzan una altísima calidad con maduraciones homogéneas a través de una viticultura plena de cuidados. Fertilización orgánica y cubiertas vegetales a la carta, poda en seco y en verde, desnietados y despuntados, aclareos de racimos, deshojados; ventiladores, sistemas de aspersión y estufas antiheladas; riego inteligente deficitario de precisión con sensores hidrométricos y dendómetros; fotos satélite y drones con cámara térmica para monitoreo del estado vegetal y los efectos del cambio climático; análisis de la microbiota enólogica; inoculación de micorrizas y bacterias benefactoras del crecimiento y de la resiliencia vegetal; hoteles de insectos, cajas nido y otros refugios para favorecer el control biológico de plagas; y, como amparo de los polinizadores, colmenas.

En la vendimia entra la uva en la bodega. La propia y la de viticultores de confianza que reciben buenos precios por ella. Desde los laboratorios se contribuye a la calidad de unos mostos fermentados con las levaduras y bacterias seleccionadas de la finca. El objetivo hoy es reducir el nivel de histaminas y potenciar la frescura en el vino. Un ejemplo más del mimo, que tratan de mantener hasta la entrega final. Preservan la cadena de frío con sellados térmicos y la vigilan con chips electrónicos, evitando los meses y las puntas de calor en el transporte. El compromiso con el entorno les exige medir su huella de carbono, optimizar la gestión de residuos con un punto limpio e implementar medidas para la reducción del consumo de agua y energía. Todo ello enriquece **el espíritu enigmático, paradójico, todopoderoso, lleno de sacrificio y humildad de la colmena.

** Cita de ‘La vida de las abejas’ (1901) de Maurice Maeterlinck

Pago de Carraovejas muestra esencias en el Enoturismo para establecer un vínculo emocional con el cliente. Diversificar con un restaurante, una terraza de verano y unas instalaciones cuidadas, con salas de cata, bien distribuidas por la bodega, concebidas para un público exigente en busca autenticidad, contribuye al éxito de una empresa que ama lo que hace. No obstante, la inauguración en 2017 de Ambivium, va más allá. Traspasa umbrales para ofrecer experiencias gastronómicas imperdibles al amante del vino. A través de una cocina de proximidad honesta, de una cava-museo con 5.000 referencias y de un servicio impecable, recrean paisajes. Más que un cruce de caminos, constituye un vórtice enológico que consolida a Peñafiel como destino.

¿El balance? Una bodega con una colección de tres tintas reconocida. Arranca en el Autor, que disfrutamos en José María, se eleva con Pago de Carraovejas como best seller y culmina en los excepcionales El Anejón y Cuesta de las Liebres. Comparten potencia, cuerpo, concentración y mineralidad, la personalidad completa de cada vino merece ser descubierta por cada uno. Distinción el hacerlo y brindar por la pureza de un paisaje que perdura en nuestra memoria. Convertidos en bienes de culto entre un público cada día mayor, la popularidad les da tranquilidad y les refuerza en su convicción de que ante las crisis frecuentes en un sector complejo, lo apropiado no es crecer, sino diferenciarse y cultivar orígenes con alma.

Acabamos donde empezamos, frente al imponente castillo que inspira el día a día de este Pago como lo hace la memoria de Juan Martín Díez. El Empecinado fue ascendido a mariscal de campo, Carraovejas, tras algún vía crucis como los del líder guerrillero, lo es de este modesto valle universal. El mundo es representación y su dominio, conocimiento. Si fruto de una apasionada e innegociable voluntad, ética y estética se fusionan, entonces, surge la excelencia, trasciende el arte.

Cuando lo habitual es la admiración de lo desconocido, es gratificante encontrar proyectos que cuanto más los conoces y comprendes, más te sorprenden y admiras. Decía Cela que hay dos clases de personas: quienes hacen la historia y quienes la padecen. Ellos eligen hacerla. Quizá lo logran gracias al poderío de unos vinos que, como su ejemplo, infunden energía, la de las cosas bien hechas. Quizá porque como pocos consiguen que el cliente se sienta parte, los sueños en ‘la colmena’ se cumplan, y ellas y ellos sean sus mejores obreras y obreros.

* Relato, en primicia, perteneciente al libro 'Duero, el gran terroir' de Enzo Milo, que inaugurará la colección Ríos del vino.