Todo nace en un paisaje. El del arroyo Botijas es el de un personaje histórico: El Empecinado. Un valle recogido de quejigos, majuelos, pinos, pastos y colmenas. De almendros y viñas en las laderas; de frutales, huertas y molinos en la ribera. Collalbas, colirrojos y halcones lo sobrevuelan desde Las Madres, en Cuevas de Provanco, su cabecera. Pasa por Castrillo donde se empecina y, de ahí, a Olmos y Mélida, hasta acabar en el Duero, en Peñafiel. Liderados por el hostelero José María Ruiz, con el saber hacer del prestigioso enólogo Tomás Postigo y haciendo suyas la fe, el orgullo y la valentía de Juan Martín Díez, en 1987, cinco segovianos, amantes del vino, inician su gran sueño: una bodega en la que tradición y vanguardia se unen para crear memoria.
José María, de la cocina a la sala, en la gastronomía y la restauración había labrado su trayectoria. Atraído por la sumillería, en 1972 representa a España y obtiene la medalla de bronce en el I Concurso Mundial de Sumilleres celebrado en Milán. Desde entonces, como maestro internacional copero, su ilusión es doble: restaurante con vino propio. Hoy, doble, la satisfacción. En 1982 funda José María y desde 1991 Pago de Carraovejas es su vino.
En el camino de Carraovejas, a tres kilómetros del Duero, la ladera de la solana del valle del Botijas parece un enclave ideal. No solo por su situación en la histórica y de nuevo emergente Ribera del Duero, a una sola hora en coche de Segovia, sino también por un microclima que procura sanidad a la viña. Al efecto ‘dulcificador’ de la proximidad del río, se suma la protección del cerro del castillo sobre el viento del Norte y el consiguiente riesgo de granizo. Al tiempo, recibe el más cálido y dominante del Oeste. Carraovejas es un buen maduradero de uvas. Y, aunque solo dos hectáreas, custodiadas por el médico de la Villa, dan testimonio de su bondad, antaño esta ladera era una alfombra de vides.
Las expectativas son refrendadas, el pago es propicio. Tanto la elevada altitud media, superior a los 850 metros sobre el nivel del mar, que conlleva oscilaciones fuertes de temperatura, como la variedad en cotas, pendientes y suelos de los terruños confieren diferenciación a las uvas y complejidad al vino. Tienen la elegancia de las calizas de las laderas del valle, el cuerpo de las arcillas de las zonas bajas o la finura de las arenas y la hondura del páramo: los primeros ‘Pago de Carraovejas’ ya brillan en la Ribera.
El viñedo sigue una hoja de ruta maestra de crecimiento gradual. De las 25 hectáreas que alumbran la añada inaugural de 1991 hasta las 220 actuales. De Tempranillo la mayoría, y Cabernet Sauvignon y Merlot para consumar un coupage célebre. El diálogo con el paisaje define la viticultura y los vinos. Las terrazas de El Anejón dan la bienvenida al valle. Sus casi 9’5 hectáreas de vides en espalderas orientadas al Suroeste, en estrechos bancales sobre un suelo franco-arenoso compacto con un 25% de carbonato cálcico, otorgan mineralidad a un vino homónimo. El Cuesta de las Liebres, por su parte, nace en una ladera empinada de apenas 3’36 hectáreas. Plantada en 1993 de Tempranillo, en vasos verticales sobre margas con afloramientos salinos, rebosa energía, misterio.
La búsqueda de singularidad es constante. Ser genuinos lo exige todo. El afán de exploración y el respeto por su profesión les lleva a profundizar en el conocimiento de los suelos y a una viticultura ecológica de precisión, asistida por las últimas tecnologías y adaptada a la orografía y al suelo de cada paraje o parcela. Tradicional en la solana del valle y en el páramo, de tipo de montaña en las laderas altas o más innovadora en Espantalobos, la cara fresca y arcillosa del valle, frente a la bodega, donde experimentan el vaso ‘echalas’, propio del Ródano. La máxima selección con un exhaustivo control, unido a un estímulo continuo de la biodiversidad, son algunas de las premisas que les ayudan a vislumbrar lo que la naturaleza puede llegar a dar. Aquí lo singular es bueno y lo mejor, algo natural.